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#primaveravalenciana
He soñado que lloraba, y lloraba, y lloraba por esto, y corría, como si en mis pasos pudiese borrar este presente desolador. Y el miedo se apoderaba de mi, dejándome al descubierto, y los golpes venían ya de cualquier parte, y nuestra rabia se hacía ira, y nosotros, furiosos, un poquito más salvajes, sin querer. He visto a mis antiguos maestros luchar por un poco de calor (y algunos derechos). Y he sentido la necesidad impetuosa de salir a la calle y pedir un poco de calidez humana, ni siquiera calidad.
Y me he despertado llorando.
#primaveravalenciana
He soñado que lloraba, y lloraba, y lloraba por esto, y corría, como si en mis pasos pudiese borrar este presente desolador. Y el miedo se apoderaba de mi, dejándome al descubierto, y los golpes venían ya de cualquier parte, y nuestra rabia se hacía ira, y nosotros, furiosos, un poquito más salvajes, sin querer. He visto a mis antiguos maestros luchar por un poco de calor (y algunos derechos). Y he sentido la necesidad impetuosa de salir a la calle y pedir un poco de calidez humana, ni siquiera calidad.
Y me he despertado llorando.
No puedo evitar sonreír cuando, leyendo un libro que te encantaría, recuerdo aquel día que planchaste mi chaqueta. Luego nos dimos cuenta de que, tal vez, habíamos estropeado la máquina. Pero no importaba, porque no era nuestra, y tampoco el resto de objetos. Eran de ese otro chico, ese que creía leer el futuro y nuestras mentes. Entonces tú me mirabas de un modo extraño, y te metiste en la cocina, y me enseñaste un recipiente que lo explicaba todo. Y yo me reía, estaba asustada y me reía. Y tú pensabas: bien, ¡es feliz!
Me retuerzo entre tus notas, y avanzamos, como acróbatas, incandescentes, por tu melodía. Me retiro y te dejo. Y tú continuas rozándome a cada paso, me atropellas. Me rompes. Me apartas. Y yo te agarro, y curioseo, y muerdo, como si quisiera abandonar un pedacito de miedo en tu piel. Como si no estuvieses, ya, cubierto de deseo. Y me vuelvo a retirar, y tú te enfadas, me estiras, y te metes en mi cabeza, con las manos. Y amplías nuestros horizontes, a golpe de tambor. Y el cuero empieza a arder, así que lo ignoramos, y seguimos nuestra chispeante lucha de poder, consumiéndonos. Sometiéndonos el uno al otro como si eso nos fortaleciese, dejándonos en evidencia, amándonos sin protección. De la única manera posible. Sin quererlo, sin avisar, siendo, al final, cenizas.

Sabía que podía llegar hasta aquí, que no tenéis límite, que os da igual. Que no hay excepción, ninguna. Que no debía sentirme culpable, que mentíais. Y que mentiréis. Digáis lo que digáis, sabía que os puede el vicio. Y que ciertas cosas nunca cambian. Y, sorprendentemente, no duele. Que vuestras ambiciones son difusas, turbias. Y vosotros opacos. Absurdos. Torpes. Nulos.
Pic: Ed Paschke
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