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Anti-pseudoantitodo:

Persona que decide pararse a pensar (pero de verdad). Que no va de profunda, de complicada, de poco frívola. Que es como es y no te intenta demostrar que es original en cada frase que sale de su boca. Que trata de aportar su granito de arena a las causas que considera buenas pero no intenta convencer al personal de qué es lo correcto.
Que si se preocupa de su estética no es para encasillarse sino para reafirmarse, o simplemente porque le apetece.
Y por supuesto que no pretende cambiar el mundo, mejorar no es algo que pueda hacer un superhéroe con los pantalones rotos, una cerveza en la mano, y cuatro rastas de pega.

Un pseudoantitodo critica todo lo que puede basándose en cuatro generalizaciones y repite dos frases del libro más progre que conoce, compite con sus amigos por quién tiene el pelo más sucio. Defiende algo y dos meses después lo contrario.
Un anti-pseudoantitodo coge las críticas del pseudoantitodo y las ignora. Cuando vienen críticas nuevas las vuelve a ignorar. Las siguientes las comenta con sus amigos y se ríe. Al final las pilla y prepara una merienda.


Pic: by Aubrey Beardsley.
La historia comienza el día que Cuerpo conoce a Alma. Antes de eso no había historia.
La subjetividad hizo sus vidas; afortunadamente, pronto dejaron de ser meras piedras para convertirse en algo más, en una conciencia. Exacto, eso es lo que eran, una conciencia. Clara, pura, natural. Original.
- Puede que ahora seamos felices. – Dijo Cuerpo – Me alegro de no haber muerto antes de conocerte.
- Este es el primer día de mi vida.
Ahora Alma podía sentir las manos de Cuerpo haciéndole cosquillas. Podía escalar una montaña y dejarse llevar, o sumergirse en un río.
Cuerpo se dio cuenta de su ignorancia y se llenó de magia.
Desaparecieron juntos porque la felicidad de ella no cabía en él. Porque él no podía sujetarla entre sus brazos, de tan grande como era.
Vivieron el uno para el otro y la desilusión nunca les alcanzó porque ambos sabían…que el desencanto no existe, y que la única meta es sentir.



Pic: by Dante Gabriel Rosetti.



Señor, yo nunca tuve un corazón, yo nací con un enorme y precioso arcoíris en mi pecho. Mi inocente arcoíris con sus cancioncillas…
¡Llegó usted con demasiadas promesas e ilusiones hasta que lo volvió como un tomate! Más bien redondo, rojo y pesado.
Debe usted saber que no me gustan los tomates, no me gustan nada. De pequeña me obligaban a comerlos pero ahora que me hago viejita… ¡nunca más! Yo nunca exigiré a nadie que se coma esas feas frutas del color de las heridas.
Mi arcoíris se me fue por su culpa, y no se lo pienso perdonar.
Solamente guardaba buenas intenciones, cuentos y recuerdos de verano subida en un columpio…
Crecer y transformarlo en un corazón… ¡¿a quién se le ocurre?! A usted y sólo a usted, caballero, y yo soy otra tonta más que le hizo caso.
He guardado su maldito tomate en una caja y la he subido a la buhardilla. De allí no va a salir y yo me vuelvo a mi columpio. No quiero que vuelva mi arcoíris y me pille hablando con usted.
Eso no le agradaría en absoluto.



Pic: by Chisco.




Reflexión XIV:


Hay que admitirlo, nunca es "yo". Siempre es "yo...y mis monstruos".










Pic: by Dalí.

Pic: by Edgar Degas.





Una señora y su perro están sentados en el banco de un parque. Esperan a alguien. Ella lleva puesto un vestido estampado bastante vistoso y el perro una especie de lacito que combinaría a la perfección con un tutú. La señora tiene un culo enorme y las tetas algo caídas. El perro no.
La fuente del parque ofrece una vista hermosa cuando los rayos del sol atraviesan cada una de las gotas de agua que resbalan por su muro de piedra. Es primavera, así que las flores inundan el paisaje con un agradable olor y los pájaros no paran de cantar.
Entonces llega un hombre. Lleva un sombrero negro, es elegante, y los nudos de sus zapatos están perfectamente alineados con la raya que hay planchada intencionadamente justo en medio del pantalón. Tiene barba y los ojos de un azul vivo.
El caballero se sienta junto a la mujer del vestido florido y la mira fijamente, le coge las manos y su vista se dirige en aquel momento al suelo. La mujer sonríe pero pronto se da cuenta de que algo no va bien. Hace un gesto como de preocupación.
Él vuelve a mirar a los ojos de su mujer, luego hacia la izquierda, luego otra vez a ella. Por fin su mirada toma confianza y con una ensayada cara de dolor comienza a hablar.
Alrededor de unos cuarenta minutos después y tras varios suspiros y sollozos la mujer rompe a llorar desesperadamente, se levanta y se va.
Cuando gira la esquina vuelve a sonreír y camina como si nada hubiese sucedido. El perro mueve la cola.

Su marido acaba de decirle que no puede continuar con su relación, que se ha dado cuenta de que no podía seguir ocultándole todas sus mentiras a pesar de llevar haciéndolo casi veinte años. Le confiesa que ha tenido numerosas amantes, que nunca creyó en ella, que hasta tiene algunos hijos por la ciudad, placer que nunca le concedió a su mujer.

La mujer había llorado delante de su marido porque consideraba que “es lo que hay que hacer en estos casos”. Por no quitar dramatismo al asunto, y dejar una escena de película para el recuerdo. Pero, aunque ella si le había amado y acaba de perder al que consideraba el amor de su vida y además sabe que nunca fue correspondida, es incapaz de sentirse infeliz.
No lo considera necesario.
Una cosa es llorar ante él por cortesía y otra es tirar a la basura los años que le quedan lamentándose por no haber elegido a una buena persona con quien compartir sus días.

Lo cierto es que la mujer del vestido de flores no vivió una mentira, y disfrutó como cualquier otra cuando su marido se sentaba sobre su enorme culo o le sujetaba los senos mientras hacían el amor. Se despertó cada día al lado de quien más quería y confió en él.
Lo cierto, es que quien más sufrió en toda esta historia fue el elegante señor, quien nunca logró sentir lo que su engañada mujer sentía, y nunca consiguió complacerse como ella cuando llegaba a casa y esta le besaba la barba o desataba sensualmente los cordones de sus zapatos.
Lo cierto, concluyo, es que el sentimiento hace la verdad, y no hay otra elección.

Pic: by Colette Calascione.


¿Y si me muero mañana? Pues nada, ¿Qué va a pasar? Nada de nada…
Creo que dejo el recuerdo que me gustaría así que no tengo de qué preocuparme. Y aunque no fuera así, dudo que me entere de algo. Además casi nadie habla mal de los muertos.
¿Y si mañana voy andando por la calle y de repente llega por detrás la señora de negro y me corta la cabeza? Pues nada, nada de nada.
Menos tabúes y mas vivir como si fuese el último día. Responsable y precipitado, es el rollo.Visión optimista del final, así se hace. Visión optimista de cada uno de los minutos de tu existencia.
Menos rebeldía programada para el último momento y menos fiarse de las impresiones ajenas. Hazte un poco más de caso.
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Pic: Desfile Nona, pasarela Alma.


Aquella chica era agua, pero tenía las manos más secas que jamás había tocado. Pronto comprendí lo que pasaba. En el fondo, en el núcleo de su corazón, estaba hecha de fuego.
- Las malas experiencias agrietan la piel –me dijo. Y se fue.
-Espera. Quisiera tocarlas un poco más.
Dejé que la lluvia mojara mis manos fuera del paraguas y con un dedo rocé la palma de la suya.
- No voy a apagar el fuego, no te preocupes.
- No podrías. – me dijo en un susurro. Y miró hacia el suelo con una expresión melancólica.
Continué tocando sus largos dedos hasta que sus ojos se encontraron con los míos. Ella sonrió y a mí se me hizo un nudo en la garganta, que nunca he podido deshacer.
He tocado esas manos todos los días desde aquella tarde de otoño, y poco a poco han ido suavizándose, pero la pasión se le sale por cada una de las líneas que hay dibujadas en ellas y los poros emanan dolor y felicidad a la vez.
La-ti-dos bonitos, bum bum. Trocitos de luna en el pecho del Sol y mis ojitos de almendra que huelen a sal. Bum, bum qué paz. Dame tu pie que yo te doy mi mano, manita de frutas de ayer. Cierra los ojos, óyeme crecer. Estiro los brazos hasta tocar el techo y siento que amaneces, sonriente, calmado, siento tu aliento también. Cógete fuerte que la almohada nos quiere comer. Menos mal que está tu cuerpo que todo lo puede y que todo lo sabe para ayudarme a no ser capturada por el terrible monstruo que hay bajo la cama. Eres un sabio de los que llevan túnica y tienes la barba en un cajón, que sólo la usas cuando no estoy yo.
El tan verde y yo tan de colores, contigo estoy mucho mejor. ¡Queridísimo tercer vuelo!

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Pic: Desfile Hannibal Laguna (Pasarela Alma).

Pic: by Monet.


Me apetece desaparecer. Ya sabes, ir a uno de esos sitios donde escalas un poco y puedes saltar desde una roca y sumergirte en agua helada y cristalina. Uno de esos sitios rodeados de arboles y con el cielo tan despejado.
Sería encantador que me acompañases allí donde tus ojos se vuelven cámaras fotográficas antiguas y hay un rayo de sol calentando permanentemente tu espalda. Y tu estomago tiene ese cosquilleo y siempre tienes una de esas sonrisas serenas en la cara y todo es perfecto.
Me cogerías la mano y yo no podría pedir más. Seguramente el tiempo se pararía.
Entonces todo se volvería de tonos verdes y rosados, habría tanta luz… ¡tanta luz!
Abrazaría los troncos de los chopos con fuerza hasta que mi alma se enredase con la suya y yo fuese parte del paisaje.
Y así podría ver las estrellas cada noche, y cuando tuviese frío sólo tendría que pensar en ti.
Mientras todos naden en tus mares de mercurio y permanezcan intoxicados por tu indecencia, mientras te escondas tras ojos simuladores de buenas intenciones, mientras no consigas ver que te mientes, que te engañas para que no duela y no te enfrentes a ello y dejes de lado todo aquello que te desmoraliza, vivirás sin esa armonía, fuera del alcance de tus sórdidas compañías, aun creyendo en su existencia.
Sólo por el miedo al fracaso. Condenado a convivir con tu cobardía camuflada en falsos principios.
Abre los ojos y vive de verdad antes de darte cuenta de que malgastaste tu vida por deslumbrar a quien no te ilumina. Codicioso de triunfos pasajeros que no te reconfortan.
No seas mezquino y vive, aunque te haga vulnerable.
Tú también mereces ser feliz.




Pic: by Avigdor Arikha
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Pic: by Zenaida Balagueró (Desfile Fidel David)

Así que el miedo está hecho para protegernos. Ese temor inmenso que siento constantemente hacia todo está hecho para que no me pase lo que a ti. Que no me relaje tanto que crea haber muerto. Que si me muero me quede bien claro.
Miraste hacia abajo y allí estabas, dormida. Y yo mientras tanto debía estar temblando o algo parecido. Mirando a todos lados frenética y desconsolada. Impresionada por una sombra. ¿Y si viene a por mí?
Me sentiría mejor experimentando el vértigo que tu sentiste, o eso creo. Al menos acabas volviendo en ti y si no siempre puedes dar un paseo por las nubes.
De repente abres los ojos y estas levitando a diez centímetros sobre tu cama, pero no puedes bajar. En la penumbra sigues ascendiendo y cuando tienes los ojos llorosos y te cuesta respirar, con la cara pegada al techo, y el cuerpo recto, inmóvil, te giras ¡y te ves durmiendo! Luego bajas y siempre puedes intentar convencerte de que todo fue una pesadilla.
Pero a mí me toca sacar la espada y luchar contra las sombras y los ruidos de mi casa.

Siendo ella era de esperar que la portada del libro que llevaba bajo el brazo fuese del mismo color que sus pendientes. Compartir la tarde con Paul Auster merecía probablemente hasta una banda sonora. Y en el fondo la tenía, el sonido de los coches de fondo y de la cafetera al final de la barra, junto con los susurros de la mujer del vestido blanco al hombre que se sentaba junto a ella formaba una perfecta melodía.
Ese es el principio de la historia, más tarde habría tardes en una mecedora junto a una ventana que enmarcaba un romántico paisaje otoñal, un agitado viaje a París y mucha gente extravagante.
A partir de ahí la vida de la señora de la tímida sonrisa no es sino un mar de emociones, encantos y desencantos que atrae y aleja de su lado a un sinfín de personajes cada cual más original que el anterior.
Y así, pasito a pasito, se fue la soledad y la melancolía…al fondo de la maleta.


Pic: by Frank Auerbach.