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Pic: by Edgar Degas.





Una señora y su perro están sentados en el banco de un parque. Esperan a alguien. Ella lleva puesto un vestido estampado bastante vistoso y el perro una especie de lacito que combinaría a la perfección con un tutú. La señora tiene un culo enorme y las tetas algo caídas. El perro no.
La fuente del parque ofrece una vista hermosa cuando los rayos del sol atraviesan cada una de las gotas de agua que resbalan por su muro de piedra. Es primavera, así que las flores inundan el paisaje con un agradable olor y los pájaros no paran de cantar.
Entonces llega un hombre. Lleva un sombrero negro, es elegante, y los nudos de sus zapatos están perfectamente alineados con la raya que hay planchada intencionadamente justo en medio del pantalón. Tiene barba y los ojos de un azul vivo.
El caballero se sienta junto a la mujer del vestido florido y la mira fijamente, le coge las manos y su vista se dirige en aquel momento al suelo. La mujer sonríe pero pronto se da cuenta de que algo no va bien. Hace un gesto como de preocupación.
Él vuelve a mirar a los ojos de su mujer, luego hacia la izquierda, luego otra vez a ella. Por fin su mirada toma confianza y con una ensayada cara de dolor comienza a hablar.
Alrededor de unos cuarenta minutos después y tras varios suspiros y sollozos la mujer rompe a llorar desesperadamente, se levanta y se va.
Cuando gira la esquina vuelve a sonreír y camina como si nada hubiese sucedido. El perro mueve la cola.

Su marido acaba de decirle que no puede continuar con su relación, que se ha dado cuenta de que no podía seguir ocultándole todas sus mentiras a pesar de llevar haciéndolo casi veinte años. Le confiesa que ha tenido numerosas amantes, que nunca creyó en ella, que hasta tiene algunos hijos por la ciudad, placer que nunca le concedió a su mujer.

La mujer había llorado delante de su marido porque consideraba que “es lo que hay que hacer en estos casos”. Por no quitar dramatismo al asunto, y dejar una escena de película para el recuerdo. Pero, aunque ella si le había amado y acaba de perder al que consideraba el amor de su vida y además sabe que nunca fue correspondida, es incapaz de sentirse infeliz.
No lo considera necesario.
Una cosa es llorar ante él por cortesía y otra es tirar a la basura los años que le quedan lamentándose por no haber elegido a una buena persona con quien compartir sus días.

Lo cierto es que la mujer del vestido de flores no vivió una mentira, y disfrutó como cualquier otra cuando su marido se sentaba sobre su enorme culo o le sujetaba los senos mientras hacían el amor. Se despertó cada día al lado de quien más quería y confió en él.
Lo cierto, es que quien más sufrió en toda esta historia fue el elegante señor, quien nunca logró sentir lo que su engañada mujer sentía, y nunca consiguió complacerse como ella cuando llegaba a casa y esta le besaba la barba o desataba sensualmente los cordones de sus zapatos.
Lo cierto, concluyo, es que el sentimiento hace la verdad, y no hay otra elección.

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