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Pic by Makiko Kudo



¿Quién me va a cuidar como tú? Con esta decadencia en la que nos vemos envueltos casi a diario, y el miedo, bendito miedo. Que nos separa y nos une a su antojo, pero bendito miedo, que nos hace sentir vivos, al menos. Esa mirada tuya, que se deshace, que me deslumbra y me acobarda, que me enternece e incluso me hace odiarte, y odiarme a mí por ello, esa nos salva.
Y la mía sólo sirve para hacer florecer tus lágrimas y tus temblores, y volcar el sofá en que te sientas sin ninguna intención, únicamente por el vicio de hacer sufrir.
Después de eso, en mi perenne dependencia, en mi temor al olvido, ¿Quién me va a cuidar mejor que tú? ¿Quién me va a mirar así?
Si me coges la mano helada, y con la tuya, aún más fría, en la oscuridad de esta noche, con los sueños ya rotos, haces círculos en el aire, me cierras los ojos, y construyes un futuro.
Al calor de las llamas que consumen nuestra casa, conseguirás derretir mis desconsuelos.
De un suspiro, alejaré las cenizas, y de un deseo, no volverán mañana. Y entonces seré yo quién te cosa las alas.
(...)

Los primeros cursos, fueron de silencio: silencio de ideas, silencio de espíritu, silencio en sus movimientos, y silencio en sus palabras.
Una de las tardes que Ella acostumbraba a pasar en el parque con otros compañeros de la escuela, se hicieron tormentas en sus ojos, y sin poder evitarlo, una cascada de agua salada inundó sus mejillas, sus labios, y todos los pequeños pliegues de su cara. En el fondo, nadie se sorprendió. El aire confuso e inquietante, entre lúgubre y simplón, que desprendía Ella, no podía augurar nada bueno, al fin y al cabo, o eso pensó la mayoría. En cualquier caso, nadie dijo nada.


(Continuará...)
I. Los dinosaurios

Entre los enormes bloques de hormigón que formaban las paredes del Instituto Uve, revestidas todas ellas de azulejos tristes y anticuados, que recordaban más a un viejo hospital de salud mental que a un lugar donde hacer crecer la imaginación y los conocimientos de los muchachos, había pasado Ella los últimos años. Había llegado allí en los días finales de su infancia, que no duraron más allá de un mes o dos en tal ambiente, y salió de ese cementerio ya en los últimos de su adolescencia. Por esa razón, siempre lo consideró un ladrón de ilusiones, esperanza, inocencia, y, en definitiva, vida.
Así que cuando, al fin, posó sus pies sobre el asfalto, al otro lado de la puerta de entrada a los jardines del centro, ni siquiera pensó en volver la cabeza para mirar, por última vez, al edificio gris que la había atado desde hacía seis años.


(Continuará...).


Vivió así, como los dinosaurios
y, como ellos, desapareció.
Volvió, como un ave.
Pero, al final, se extinguió.

Cosas del destino...






Pic: by Djordje Ozbolt.