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Pic: Daniel Heidkamp



Me entraron unas ganas irreprimibles de dormir contigo, hasta que vi que eras mucho más cabal de lo que había imaginado. Yo, la bestia indómita, y tú, la normalidad disfrazada de canción. Sentí miedo, ¿y si acepta? Tendré que rechazarle. Y, decidí intentar llevarte a mis submundos, de una manera heroica y ridícula, desesperada. Por favor, pierde la cabeza. Pausa. Por favor, piérdela, solo hasta que tu cordura deje de ser aburrida, unos minutos, hasta que me enamore un poquito de ti. Pausa. Gritos. Míos, claro. Miras como si tuvieses los ojos cerrados, y luego te vas creyendo llevar las riendas. Y así es como enloquecí por un hombre que no me amaba. ¡Qué aburridos sois, vosotros los sedentarios!
Reflexión XL:

Para vosotros es fácil, porque ya estáis locos. E incluso muertos.



Pic: Marc Chagall
Pic: Wyeth

¿Qué sabrás tú de la locura? De arañarse los nervios, de quemarse las venas. De esa irascible pasión. ¿Qué sabrás tú de la ternura? Si siempre crees andar un paso por delante del mundo, ignorando los detalles más oscuros. Dejando a tu inspiración vivir en mil resacas, con los ojos entreabiertos, nada más. Mirando pero sin mirar. Excusándote, sin dejarte sorprender más allá de la belleza. Encantado con huídas y despedidas precoces. ¿Qué sabrás tú de querer saber más?
Reflexión XXXIX:

No conozco más belleza que vestida con tu piel.


Pic: Robert Standish

Pic: Edgar Degas





En la penumbra de mi habitación, cuando mi cuerpo empieza a olvidar sus funciones, y un hormigueo lo recorre desde la puntita de los pies, he ido tejiendo, a pasos agigantados, un ritual ante tu indiferencia. Cuando todo está en silencio, y, a través de la ventana, las farolas, dibujan sombras redondeadas sobre mi cuerpo desnudo, escucho esa canción, y concentro en ella todos mis deseos: ámame dos veces. En mi memoria, la mirada del vocalista se reproduce una y otra vez, y los sutiles movimientos de sus labios anunciando sus derrotas. Enciendo una vela roja, y dejo el tiempo pasar. Ámame dos veces. Y, cuando mis párpados comienzan a cerrarse, y apenas puedo pensar, cuando ni siquiera recuerdo tu nombre, sé que el ritual ha funcionado. Y, en un soplido, ya sin pensar en ti, tu voz retumba en mi cabeza, y un escalofrío despierta todos mis sentidos, abro los ojos, y allí estás, tan serio, tan extraño, tan tú.

- ¿Me echabas de menos?

- Y ni siquiera recuerdo quien eres.
Pic: Eduardo Anievas

No me di cuenta de cuánto me gustaba hasta muchas horas después de que se hubiese marchado, y me arrepentí de mis últimos gestos. Ahora solamente podía pensar en él y en mi necesidad de conocerle un poco más, de volver a envolverle entre mis sábanas, de curiosear de madrugada.

- Eres inspiradora - me dijo.

Pero era yo quien se había pasado la noche en vela, escribiendo, y dibujando en el aire cada angulo de su rostro.
Pic: Hokusai

No siempre puedo dar todo, o estar vacía. Hay días suaves y pesados, insípidos, crueles, que ofenden. Mañanas que te hacen enmudecer y noches que lo dicen todo. Jornadas frías. Hoy.
Underground blues para Jim Morrison




"luna roja
y en la radio la precisa melodía
proyecta tus arpegios endiablados
viejo Jim Morrison
arqueas la cintura
la sensualidad de tus labios
y entre filtros de peyote
y vasos de aguardiente
te diriges peligrosamente
hacia el fin
- enciendes el cigarro
alzas la copa de vino
y brindas por ti, por Blake
Artaud, tus oscuros fantasmas -
la mirada extraviada
el seco gemido
nadie entiende el descarnado alarido
que parte el cielo en pedazos
la muerte traidora danzando
sobre tu cuerpo
la soledad desnuda en medio del escenario
el baile indio

el suicidio anunciado

entregando en cada concierto
tu más rotunda agonía
rey de los lagartos."


Leo Zelada
Pic: Felipe Criado

Cuando me desperté, el sol inundaba la habitación y hacía tanto calor que, de un impulso, tuve que tirar toda mi ropa al suelo. He estado caminando y leyendo por el paseo marítimo de mi nueva ciudad, está justo en frente de mi casa. Un termómetro marcaba veintitrés grados, así que saqué mi libro del bolso y me senté en un banco. Durante varios minutos me fue imposible apartar la vista del mar, tan azul.
Junto a mí había un chico descansando, apoyado sobre su bicicleta, me miraba. Pero yo solamente miraba el mar. Después, pasé varias horas inmersa en las palabras de la historia que tenía entre mis manos. En ese momento, todo encajaba: la luz, la brisa, el murmullo del océano, cada tilde, cada silencio, el sol. El sol siempre me ayuda a encontrar respuestas, y hoy no iba a ser una excepción. Cuando llegué a casa, me tumbé en el suelo, respiré hondo, y me sentí profundamente agradecida.


15.31: Buenos días

Photobucket
Pic: Wes Lang

El momento en que suena una canción que conoces y, de pronto, entre todo lo nuevo y desconocido que te rodea, tu piel respira. Y merece la pena estar.



¡Me voy!


Me marcho hasta abril, pero no abandono el blog. Os contaré cómo me va la vida por el norte, trabajando para Zara :)
Cruzo los dedos por que no haga demasiado frío.
Me despido de la primavera y el sol mediterráneo, ¡deseadme buen viaje!

Siempre se sienta dos filas delante de mí, pero no lo hace de manera intencionada. Le gusta esa mesa porque, en unas horas, será la primera en recibir los cálidos rayos del sol de primavera.
Toma asiento, y en el mismo instante en que sus piernas entran en contacto con la silla, ella ladea su cabeza hacia la derecha y se quita la bufanda, en un gesto nada torpe, aunque sí, tal vez, demasiado sosegado. Siempre se mueve así, como si todo a su alrededor funcionase a otra velocidad. Como si no tuviese prisa por vivir. Después de esto, su respiración se acelera, en un intento de encontrar la calma rodeada de tanta gente desconocida, y lloviendo al otro lado de la ventana. Saca un espejo de su bolso y se mira los ojos, buscándose a sí misma en medio de tanta hostilidad, esperando encontrar silencio. Y, en el reflejo, yo adivino que hoy tampoco ha dormido bien, aunque su mirada es inquieta, y el bailoteo de sus pestañas es el de todos los días.
Agarra un bolígrafo, lo hace con fuerza, y la punta de sus dedos se enrojece levemente. Y aunque puedo apreciar que no se siente bien, sigue transmitiendo serenidad, a pesar de los nervios, que tensan su silueta.
Cuando coge ese bolígrafo, y posa su otra mano sobre el papel en blanco, lo hace con una intención, a mis ojos, evidente. No es un gesto vacío. Cierra los ojos un instante, suspira, y se pregunta quién es. Y en el momento en que la tinta mancha su libreta, ella se muerde el labio, y su vista se humedece, consciente de las consecuencias de sus actos, de su responsabilidad. Ya no puede borrar esa pequeña sombra. Ya no hay marcha atrás. Los valiosos instantes de inmadurez que aún puede disfrutar por las mañanas, se desvanecen poco a poco tiñendo su cuaderno de palabras azules y frías.


Pic: Magritte